El cross-dressing consiste en vestir ropa, accesorios o maquillaje asociados convencionalmente con un género distinto al propio. Como práctica erótica o de rol, puede incluir desde usar una sola prenda hasta una transformación completa de la apariencia. Las motivaciones varían ampliamente: algunas personas lo experimentan como una fuente de excitación sexual, otras como una forma de exploración de la identidad de género, y muchas combinan ambos aspectos. El cross-dressing puede practicarse en solitario, en pareja o en grupo, y no está ligado a ninguna orientación sexual ni identidad de género específica. Personas de cualquier género pueden participar, ya sea vistiéndose ellas mismas o vistiendo a su pareja. En contexto de pareja, suele combinarse con juegos de roles, feminización, masculinización u otras dinámicas de poder. Es una práctica muy extendida y documentada históricamente en diversas culturas.
La comunicación previa es fundamental para establecer expectativas claras sobre qué prendas, niveles de transformación o escenarios se desean explorar. Es importante respetar los límites emocionales de cada persona, ya que para algunas el cross-dressing puede conectar con aspectos sensibles de la identidad. Si se comparte ropa, tener en cuenta la higiene básica. En espacios públicos, considerar el contexto y los posibles riesgos externos. El apoyo emocional mutuo es clave, especialmente si alguna de las personas explora este territorio por primera vez.